Todo cae inmensamente mientras tú subes muy poco a poco. 
El mundo es un derrumbe poderoso y triste, 
inverso a cada uno de los latidos de tu estatura hacia la luz.

(Francisco Umbral)




I
La llegada
21/09/2013

Llegas al mundo en medio de este fango de camillas, bisturíes y sobresaltos. No te espero todavía y será por eso y porque traes una amezana debajo de tus brazos prematuros que no me atrevo a mirarte a los ojos hasta que pasa un buen rato. Tú, inocente de todas las cosas, me traes la alegría y el dolor, mientras las manos extrañas que te han arracando de un destino borroso te alejan por el pasillo y me dejan la angustia de estas primeras horas de tu vida en las que me sobrepasa algo parecido al pánico o a la tristeza o a la derrota. Ni siquierea puedo explicarlo con claridad, pues sucede que siempre fui un hombre feliz y de todo esto apenas conozco nada. Yo creí que la vida es una fiesta y defendí la alegría como me pidieron los poetas: la defendí como una trinchera, como un principio.
Y me mantuve lo más alejado posible de las personas oscuras que apestan a sacristía y van proclamando que la vida es un valle de lágrimas.
Y defendí la alegría como una certeza, como un derecho.
Y me cuidé de los libros que rezuman temores y afirman que la vida es una noche en una mala posada.
Y defendí la alegría como un destino.



II
Las manos
23/09/2013

Dicen que al otro lado de las ventanas, en el mundo por el que anduve hasta ayer mismo buscándome y buscándote, el pulso de los días ha quedado detenido y ha dejado un verano tardío y ya sin vencejos, sin niños en los parques, sin Perseidas ni caravanas ni olor a siega, sin verbenas en las plazas de los pueblos; un veranillo de termómetro y poco más. Eso dicen en los ascensores y en las panaderías cuando salgo un rato y subo y compro y firmo documentos y doy explicaciones y digo al noveno, buen día, y asiento con la cabeza manifestando con interés simulado que sí, que es una suerte que el otoño nos esté dando esta tregua. Sorprendido por esa capacidad mía para resolver todavía los asuntos mundanos y pensar en algo que nada tenga que ver contigo, emprendo el camino de regreso, me sacudo la tristeza en el felpudo de la puerta y me arrojo de nuevo a los pasillos de este limbo hospitalario donde nada importa nada, salvo que se trate de un pronóstico, de una esperanza o de tu madre asomada a la ventana como en un cuadro de Dalí, en el que una mano infame ha cambiado el mar por un tejado de uralita y una loma con cuatro o cinco chopos. Busco tu pasillo entre las pasillos, tu cuna entre las cunas, y me recreo durante un rato viendo las manos delicadas, manos de relojero que entran de vez en cuando en tu pequeña caja de Pandora, de la que ya han escapado todos los males del mundo. Manos que te recorren, te colocan, te acicalan, te ponen a punto; manos de pianista que te envuelven y te recuerdan a cada rato que debes latir, que debes aprender a respirar. Cualquiera querría para sí unas manos como esas y en esto pienso mientras las miro, manos de alfarero, manos que lamen tu cuerpecito de pájaro impaciente y que recibes agradecido a la espera de mis propias manos.



III
La vigilia
25/09/2013

El lecho en el que me acuesto es una escombrera de hierros donde despierto con el cuerpo dolorido, como si todos los hombres del mundo me hubieran pasado por encima uno a uno durante la noche. Será por eso y por otras muchas cosas que aquí las noches no duran seis ni ocho ni diez horas, sino que se alargan como todo un año sidéreo, contienen todas las estaciones –el frío, el calor, la lluvia, la esperanza– y terminan exactamente cuando me arranca de la duermevela el trajín de las enfermeras por los pasillos o el sobresalto del recuerdo de tu cuerpo diminuto: palmo y medio de vida apresurada. Mejor quisiera pasar las noches velando tu cuna y espantar con palos y piedras las sombras cobardes que te atosigan; o acaso contar tus latidos, doctorarme en medicina, prevenirte contra el desaliento, narrarle a los demás las proezas de tus horas escasas… Echarme a la calle a desbrozar el mundo y acabar con la mugre que envenena nuestras vidas, no vaya a ser que un día abran las puertas de tu pequeña caja de Pandora y la ciudad no sea digna de recibir tus pies inmaculados. 



IV
El alta
27/09/2013

Fuera del hospital, nos llama la atención que el mundo sigua su curso como si nada hubiera pasado: las calles crepitan bajo el último sol del verano, las rotondas están llenas de flores y por la puerta de los bares escapa un jolgorio contagioso que confirma el deseo de vivir de la gente a pesar de todo. Me entran ganas de abordar a los paisanos que caminan con el periódico o la barra de pan debajo del brazo y asegurarme de que están al tanto de lo ocurrido, pero comprendo enseguida que estamos viciados por quince días de encierro en el limbo hospitalario del que ya he hablado, donde todo parece haber quedado detenido en la escala de grises de una radiografía. Lo mejor que le puede ocurrir al mundo es seguir girando ajeno a tus latidos. Tratamos de asumir que nosotros nos vamos y tú te quedas. Repasamos el inventario de las cosas que nos llevamos a casa en este día agridulce y destaca el recuerdo de un parto en el que no ha habido flores, trece puntos de sutura en el vientre de tu madre, un futuro inmediato en régimen de visitas y la sensación dolorosa de que en realidad salimos del hospital sin nada. Miro de reojo a tu madre, que mientras piensa esto en voz alta pone una mano en su tripa y encuentra un vacío que lo inunda todo. Al llegar a casa comprendemos: lo único importante ahora es que tú nos esperas como la tierra fértil espera la lluvia de mayo.



V
La herencia
02/10/2013

Hace unos días me costaba mirarte sin tener que cubrirme el miedo con las manos. Van pasando jornadas de buenas noticias y todos dicen que eres fuerte, que estás empeñado en vivir, lo cual me tranquiliza y me anima a observarte hasta aprender de memoria tu cuerpecillo de jilguero. Incluso a veces abren para nosotros tu caja de Pandora y meto en ella mis manos y te busco y te calmo y me pregunto si tu piel se reconocerá en las yemas de mis dedos, si sabes quién soy cuando agarras con tu mano diminuta mi pulgar intentando echar el ancla, frenar el ritmo vertiginoso de tus días, aferrarte al presente. ¡Si supieras cuánto he lavado mis manos antes de ofrecértelas! Si supieras que salgo de casa limpio en la mañana y a medida que camino veo posarse en mi piel el humo de los coches, la rutina de los días, la soledad de los otros... Vengo de fuera y traigo la rabia metida en la ropa, el dolor enredado en el pelo; traigo un nudo en la garganta; traigo el hambre y el odio y todas las penas de toda la gente que sufre. Pongo mi mano en tu pecho, pienso en el mundo que te dejo y solo espero que algún día seas capaz de perdonarme.



VI
El miedo
08/10/2013

Cuando la primera claridad interrumpe mi descanso debo resolverme, desanudarme. La noche es un amasijo de miedos, pesadillas y fabulaciones donde la realidad se mezcla con el sueño, hecho todo de sombras. Debo desenredarme, separar los temores verdaderos de las desazones oníricas, acotar la realidad de esta mañana, que no es más que el recuerdo de lo ocurrido ayer: infección, antibióticos, asistencia respiratoria, transfusión de sangre, paso atrás. La cama es una ciénaga donde todo esto se mezcla con el limo pegajoso de los sueños, engendrando desvaríos en los que busco sin éxito tu cuna entre las cunas o miro todas las caras de niño sin que ninguna se parezca a la tuya o alcanzo tu caja de Pandora y la encuentro vacía y abierta. Lo primero que hago al comenzar el día es sumergirme en agua hirviendo y deshacerme de la pesadumbre que me dejan las sábanas. Quisiera desinfectarme. Luego malgasto la tinta y las palabras en un vano intento por convertir mis miedos en esta prosa de baratillo, como si al pensar en ti pudiera trocar tus bradicardias en metáforas y espantar así tus fantasmas y los míos. Yo, que apenas sabía lo que era el miedo, siento cada mañana el peso de tu vida sobre mis hombros.


-